Entrevista a Ivonne Bordelois
Daniel Flichtentrei para IntraMed
Las palabras, las personas, la comunicación
Es tan difícil detenerse a reflexionar sobre lo que
nos resulta cotidiano. Estamos tan sumergidos en el vértigo
de los días que las cosas nos pasan, veloces, como
sombras a través de la ventanilla del tren. Hay personas
capaces de hacerlo. Es una elección personal, una
íntima decisión, ofrecernos el tiempo para
escucharlas.
Habla en un tono sereno, segura de lo que dice pero sin
una actitud enfática. Derrama su erudición
con la ternura de quien no necesita apabullar a su interlocutor:
"Cuándo dejaremos de preguntar: ¿Y Ud.
cuántas lenguas habla?, para decir: ¿y Ud.
cuántas lenguas escucha?"
Sabe que el lenguaje es sonoro, que esa dimensión
es intensa y silenciada. Conoce la puerta secreta que introduce
a la zona lúdica de la palabra. Pone la oreja en
cada signo y escucha los sonidos del pasado que hablan,
aunque no queramos oírlos. "Amor se vincula
con mamar, de donde deriva mamá. Testigo, de testículo;
familia era un conjunto de esclavos; soltero llega desde
solitario".
- Ivonne, ¿para qué sirve hablar? ¿Qué
función cumplen las conversaciones cotidianas?
- Hablando se contrarrestan las fuerzas del discurso hegemónico
que son muy fuertes. La propaganda, el discurso político,
el discurso de la prensa, el discurso del consumismo es
muy fuerte. Todo el día recibimos mandatos, emitidos
desde fuentes anónimas o no anónimas, pero
que no están bajo nuestro control. Entonces, este
hablar nuestro, este que tenemos hoy usted y yo, el hablar
cotidiano, es la manera en que -concientemente o no- nos
resistimos o logramos sustraernos a la fuerza de estos mandatos.
- ¿Eso también vale para el ámbito
de la medicina?
- Creo que en la medicina también ocurre que, por
un lado está el discurso científico, el de
los remedios que se compran y se venden, el de las patentes
y, por otro, está el diálogo del médico
con el paciente. Frente al médico especialista, el
médico de cabecera (o sea, el médico tradicional)
tiene la posibilidad de establecer un diálogo con
su paciente que es diferente a la palabra del especialista,
que le ve a uno la rodilla o la muela y no su historia como
persona.
- ¿Cómo describiría Ud. la relación
de la Medicina con la palabra?
- La palabra es una primera instancia de curación,
ya que asegura la relación plena de confianza entre
médico y paciente. La cura por la palabra está
atestiguada en muchos relatos fundantes en nuestra cultura
(como los episodios evangélicos) y en las culturas
que nos rodean. No pueden desdeñarse estos testimonios
como simples residuos míticos, ya que todos sabemos
por experiencia cuán importantes son las palabras
y el silencio del médico -que da valor a su palabra-
a través del proceso curativo.
- "Ustedes no se dan cuenta, pero son aterrorizadores"
¿Qué escuchamos los médicos? ¿Cuándo
se detiene el flujo torrencial del discurso profesional
para dar lugar a la escucha de quien nos habla? ¿De
qué nos perdemos al sustituir conversaciones por
tecnología?
- La medicina y la ciencia en general tienen una pretensión
- tal vez absurda - de que las palabras sean precisas y
no ambiguas ¿Qué piensa al respecto?
- Es una ilusión. Las palabras tienen muy diferentes
estratos, vienen de distintas partes y, además, uno
no puede hacer nada con el hecho de que se interpretan según
el origen de la persona que escucha y según la disposición
que tiene la persona a escuchar ciertas cosas y no otras.
Así que la precisión total siempre es imposible.
- En realidad, la ciencia tiene la pretensión
de reducir la ambigüedad y la polisemia del lenguaje
al mínimo posible.
- Claro, desde el punto de vista científico, es importante
porque en la medida en que se eliminan ambigüedades,
también se eliminan posibilidades de error. Yo también
vengo de la lingüística, que es una disciplina
que quiere ser científica, y también tenemos
muchas peleas al respecto. Uds. (los médicos) manejan
un lenguaje alejado del vulgo, lo cual también es
un resguardo de la jerarquía, de la autoridad que
la medicina se adjudica a sí misma. Hablan con términos
que vienen de raíces del griego, del latín,
y que si se desmenuzaran en su sentido primo -que no es
un sentido científico, sino que es un sentido lato,
literal- tranquilizarían más a la gente. Me
refiero, por ejemplo, a esos nombres de remedios que tienen
80 mil partículas y fragmentos...
- ¿Y esto qué genera en los pacientes?
- Ustedes no se dan cuenta, pero son aterrorizadores. Lo
que uno siente como paciente es que le dicen palabras que
no entiende. Le doy un ejemplo: una vez un familiar mío
tuvo un problema de drogas. Fuimos a ver al psiquiatra que
la atendía, quien hablaba de un desorden de personalidad.
Yo le pregunté qué significaba eso, si podía
ser histeria, esquizofrenia (porque para mí, desorden
de personalidad significa cualquier perturbación).
Entonces se puso furioso, dijo que para saber qué
era desorden de personalidad había que asistir a
su cátedra, en la Facultad de Medicina... Esto incrementó
la angustia del grupo familiar. Le quiero decir que esta
historia de que ustedes buscan la no-ambigüedad no
me la creo. Lo que uno percibe del otro lado de la orilla
es muy diferente.
- ¿Usted, piensa que la jerga profesional es
una forma de resguardar un poder ilusorio?
- Claro, y también esa cosa que tienen los sacerdotes:
la cosa mística, el misterio, la cosa hierática.
"Usted no va a entrar en esto porque usted no es especialista,
hay que ser un iniciado". Esto representa la angustia
que uno tiene como enfermo.
- Eso es paradójico, porque es bien sabido
que la palabra tiene un efecto terapéutico, pero
para eso tiene que ser comprendida
- Claro, pero tiene que ser lo más transparente posible,
provenir de una conversación lo más íntima
posible, en la que el paciente no se sienta frente a un
juez sino frente a un compañero que trata de sacarlo
de la situación en que está.
- Los médicos hacemos una operación
de traducción, descartamos lo que consideramos "ruido"
y traducimos a un lenguaje muy pobre el pequeño residuo
que creemos significativo.
- Bueno, naturalmente eligen el relato de aquello que conduce
al diagnóstico...
- Pero, a veces, entre lo que elegimos no decir hay cuestiones
más densas...
- En realidad, lo esencial sería estar atentos a
los signos que puedan parecer más significativos,
justamente porque son centrales. Pero, habitualmente, esos
contenidos la persona que relata los ubica en el borde,
en la periferia, quizás para evitar la confrontación.
El gran problema del mundo contemporáneo no es un
problema del habla, sino de la escucha. Nosotros hemos desarrollado
grandes capacidades, diferentes dialectos y una gran riqueza
de vocabulario, pero no hemos desarrollado una equivalente
capacidad de escucha: hay que saber escuchar mejor de lo
que podemos escuchar en general.
- "El mundo actual está lleno de seres
humanos reducidos a su mitad"
Ivonne Bordelois describe muchas de las formas actuales
de la esclavitud: el trabajo, la informática y el
consumo. Pero también nos regala sus claves generosas
para sustraernos al embrujo de lo brutal. Recuperar el placer
y la conciencia crítica. Darnos un habla sensual
y productiva que nos habilite el ingreso a mundos menos
triviales.
- ¿Qué valor le asigna al silencio en
la comunicación humana?
- El silencio es una condición del habla, es decir
que no puede haber habla que no acompañe al silencio.
Hay muchos componentes culturales y antropológicos
que pautan el uso del silencio en una conversación.
- ¿Qué aspectos del uso actual del lenguaje
le preocupan, o considera negativos?
- La degradación del lenguaje se produce a través
de su drástica reducción, debida al avance
imparable del discurso mediático, consistente solo
en imágenes y mandatos orientados exclusivamente
al consumo. Para este avance es esencial que el placer y
la energía que produce la simple conversación
humana vaya desapareciendo y que nos constituyamos consecuentemente
en simples sujetos pasivos, sometidos a la pantalla de la
TV o de Internet.
- ¿Qué dimensiones de la palabra quedan
hoy clausuradas por el furor comunicandi?
- Cuando se suprimen los poderes y placeres conversacionales,
desaparece también la noción de intimidad
que va ligada al desenvolvimiento de la vida interior, esa
suerte de diario permanente que desarrollamos dentro de
nosotros mismos como un relato que nos va identificando
a través del tiempo y que nos relaciona profundamente
con aquellos que amamos. Este relato requiere palabras y
matices para constituirse y para expresarse, y la incapacidad
de alcanzar estos registros mutila gravemente la capacidad
de madurez y expresión humana. Emerson decía:
"El hombre es la mitad de sí mismo. La otra
mitad es su expresión". El mundo actual está
lleno de seres humanos reducidos a su mitad.
- ¿Qué puede decirnos acerca de las
dimensiones sonora y placentera del lenguaje?
- Son las más eficaces cuando queremos reconstituir
el poder de la palabra entre nosotros, y aparecen en particular
cuando nos liberamos y entramos en la dimensión lúdica
y poética del lenguaje. Como cuando prestamos el
oído a las viejas y nuevas canciones que se han apoderado
del corazón de las masas y que recuerdan o anuncian
nuevas épocas estéticas y convivenciales.
- ¿Puede la palabra ser un instrumento de goce?
- El limitarnos a "usar" el lenguaje exclusivamente
en su función informativa, ejecutiva, o bien dentro
de las reglas estrictas del discurso científico o
racionalista, alejado de toda metáfora, de todo vuelo
imaginativo, nos aleja de la magia restauradora de la palabra,
fuera de la esfera oficial. Hay un acto de fe en el lenguaje
que nos libera de la carga de producir permanentemente enunciados
adecuados y razonables y nos lleva a entregarnos gozosamente
al ritmo mismo de la lengua, del mismo modo que los mejores
bailarines se entregan a la música que los va llevando
a los pasos más felices y logrados. Precisamente
"la poesía es el baile del habla", como
decía el gran escritor mexicano Alfonso Reyes, y
en este mundo parecería que nos estamos habituando
a planchar demasiado...
"la palabra se comunica a sí misma, como decía
Walter Benjamín"
El lenguaje es un testigo de la degradación de ciertos
aspectos de la vida contemporánea, pero también
el instrumento de la esperanza. Un madero para quien esté
dispuesto a tomarlo, para rescatarnos de "esa forma
bastarda y ciega del ser contemporáneo que es el
bienestar".
- ¿Y las "malas palabras", Ivonne,
para qué sirven?
- Son fundamentales. Cumplen una función catártica,
descomprimen una situación y alejan la violencia.
Pero en un momento en que su uso se banaliza por un exceso
de presencia en todos lados, esa función tan importante
se degrada y, entonces, se acerca la respuesta violenta.
Deberíamos cuidarlas. He observado que hoy, cuando
un adolescente quiere insultar a otro, a falta de impacto
con las malas palabras habituales, le dice: Sos un ¡gordo!
Increíble, el poder de la discriminación en
una cultura que privilegia el cuerpo. Ser gordo, entonces,
es un insulto.
- Las palabras pertenecen a un momento de la historia
- Desde ya. Antes, cuando uno noviaba con un muchacho, se
decía que "hablaba con él" hoy se
dice que se "sale con él". ¿Cómo
es eso? ¿Salir? Lo que uno quiere es "entrar",
entrar en su vida, en su historia, en su cama, en su cuerpo.
Entonces se baila separado o solo, o en ambientes donde
la palabra es imposible. ¿Habrá algún
precio a pagar por todo esto?
¿Quién es Ivonne Aline Bordelois?
Ivonne Bordelois es poeta y ensayista. Se doctoró
en lingüística (MIT) con Noam Chomsky y ocupó
una cátedra en la Universidad de Utrecht (Holanda).
Recibió la beca Guggenheim en 1983. Ha escrito varios
libros, entre los cuales El Alegre Apocalipsis (1995), Correspondencia
Pizarnik (1998), Un triángulo crucial: Borges, Lugones
y Güiraldes (1999, Segundo Premio Municipal de Ensayo
2003), y La palabra amenazada (2003). Ivonne Bordelois ganó
el Premio La Nación-Sudamericana 2005.
Fuente Intramed News